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Exposición colectiva en el Museo de las Migraciones.
Del 22 de Agosto al 9 de Setiembre, 2011.
Texto curatorial
El nombre de esta exposición, del latín Tierra Desconocida, refleja fielmente el abordaje a los territorios del descubrimiento de lo íntimo, de cada uno de los participantes. Según Roland Barthes, “La era de la Fotografía corresponde precisamente a la irrupción de lo privado en lo público, o más bien a la creación de un nuevo valor social como es la publicidad de lo privado: lo privado es consumido como tal, públicamente.”
A partir de la premisa de trabajo: identidad, rastro, huella; cada uno de los integrantes de esta muestra, realiza un abordaje desde lenguajes estéticos y conceptuales bien distintos. Esta pauta inicial fue solamente un disparador, que tuvo una muy variada interpretación por las fotógrafas y fotógrafos invitados. Cada mirada se encuentra atravesada por su percepción, actuando de velo, de tamiz de esa realidad. Estos trabajos son acompañados por una grabación de entrevistas a cada uno de los participantes de la muestra, que pesquisan sobre los orígenes de sus apellidos.
Hay un común denominador en las diferentes búsquedas en lo identitario. Algunos hacen una fotografía de corte netamente documental. Tomas Hernández, desde el fotorreportaje, registra la tradición familiar de una carneada en el interior del país, mientras que Carlos Rosasco captura el límite de las luces y sombras de una rambla montevideana. Nibia Pérez, en una única y atemporal imagen, nos presenta una crónica del pasado reciente.
Otros por el contrario, parten del desarrollo de las ideas para construir ricos y variados universos formales. Rossana Demarco, Ramiro Ozer Ami, José Pilone y Suci Viera, indagan en las imágenes familiares de sus antepasados para reelaborar nuevas historias. Victoria Giménez y Carolina Sobrino, trabajan desde lo autorreferencial; procesan sus vivencias de migraciones para volcarlas en imágenes que las representan. Marcelo Bertolini y Guzmán Infanzón, valiéndose del retrato, no buscan en sus propias historias, sino que investigan en temas de la inmigración en nuestra sociedad.
La obra de Alejandro Corbo, surge de desdibujados relatos familiares, para generar sugerentes imágenes abstractas. Cecilia Jaureguy, colecta imágenes de su entorno, haciendo una nueva relectura de sus hallazgos para darnos pistas de quien es. Maria Eugenia Sus, con una mirada despreocupada, nos presenta entornos ciudadanos y personajes envueltos en coloridas telas, para conformar un ensamble de retazos. Nicolás Birriel apunta a reflejar la idiosincrasia de la precariedad. Lo atamos con alambre, es una expresión muy nuestra, que revela esa impronta de dejar lo definitivo o permanente para hacerlo después.
Tanto el lenguaje como los materiales en los que son presentados los trabajos, cambian según cada una de las propuestas, manejándose libremente en el plano o en el espacio. Según ZYGMUNT BAUMAN, “Para que el poder fluya, el mundo debe estar libre de trabas, barreras, fronteras fortificadas y controles. Cualquier trama densa de nexos sociales, y particularmente una red estrecha con base territorial, implica un obstáculo que debe ser eliminado.” Cada obra de TERRA IGNOTA, es un fragmento de identidad que fluye, para conformar una rica trama de sensibilidades diversas. El poder de la imagen se establece sin límites estancos de estilos o lenguajes fotográficos.
Lic. Solange Pastorino/ Curadora
Texto del Director del Museo de las Migraciones
Cuando Solange Pastorino se acercó buscando un lugar para realizar el Salón Anual del Foto Club Uruguayo, se vio la necesidad de inscribir la posible muestra dentro del marco conceptual del Museo de las Migraciones. Para ello se imaginaron las primeras líneas de un andamiaje estructural que sin perder la libertad del tema ni del estilo de realización, alimentara una búsqueda de identidad.
La premisa básica era que en Uruguay, en todo colectivo, aún en uno muy reducido, la multiplicidad de orígenes podía constatarse por la mera enumeración de los apellidos de los participantes. El hecho es que finalmente el Salón Anual tomó otro camino, pero el Foto Club Uruguayo aceptó el desafío de una muestra paradojal, de tema libre en lo expresivo pero que conceptualmente se ceñía a una indagatoria de “proveniencias”, que asumiría la forma de pequeñas entrevistas filmadas a los fotógrafos participantes y que se integrarían a la muestra.
Se les propuso pues que informaran en esa entrevista, sobre sus apellidos, el origen de los mismos si los sabían, los posibles datos migratorios de la familia si se habían conservado, si ellos mismos habían sido migrantes, si algo de todo eso había influido en su obra. El mero planteo se constituyó en un disparador que hizo que los protagonistas de la muestra, ordenaran datos, investigaran ascendencias familiares, cosas acaso sabidas, pero que ahora tomaban otra dimensión por la necesidad de comunicarlas, aún en el breve marco de tres o cuatro minutos de “interview”. Y también ordenó, de una y otra forma, las obras, como explica Solange, en su texto curatorial.
La palabra del latín “ignota” (desconocida), del título que los propios participantes eligieron, es una variación de otra más larga y del mismo significado, que la comprende: “incógnita”. Creo advertir un leve matiz diferencial, no obstante, entre una y otra forma de decir lo mismo. La primera remite a una distancia, elude la información, la segunda por alusión, delata la curiosidad. La “terra” que es lo que permanece (por oposición al río que es lo que fluye) es adonde se llega, pero también de donde se parte. No hay error en ello. O sí. Pero de cualquier manera TERRA IGNOTA, como metáfora de la vida, espejo modélico, diseño en escala. Historia de hombres y mujeres en movimiento, personas en viaje (homo viator, para seguir con los latines), en actitud de interrogación ante lo desconocido o por conocer.
Prof. Víctor Cunha / Montevideo, agosto de 2011

















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