Esc. Juan A. Varese
          

Escritor e investigador de la fotografía histórica en nuestro país. Participante y expositor asiduo_en encuentros internacionales
sobre el tema.
Autor de los libros "De naufragios y leyendas en las costas de Rocha", "Memorias de José Silva" e "Historias y leyendas de la Isla de Flores",
entre otros. 
Presidente del Foto Club Uruguayo entre los años 1989 -1991

El Foto Club Uruguayo: 60 años de evolución

Antes de referirnos a la actividad fotoclubista en el Uruguay resulta necesario trazar un panorama de la evolución de la fotografía en el mundo.
Generalmente se la estudia en forma lineal, como una historia cronológica de fechas, nombres y lugares.
Por el carácter del presente trabajo preferimos consi-derarla un proceso, una ciencia, un arte y un medio expresivo en permanente evolución. Para nosotros, su nacimiento se debió más a la necesidad del sentir colectivo que a la genialidad de un Niepce, la habilidad de un Daguerre, la perspicacia de un Talbot o la constancia de un Florence.
Lo que sí debemos y queremos señalar es que el invento significó una verdadera revolución en la historia de la cultura. Tuvo un efecto multiplicador en las costumbres sociales y formas de vida, al despertar una saga de tendencias y concepciones estéticas.
La Fotografía abrió los ojos de la mente como pocos inventos lo habían provocado hasta entonces. Puede decirse que cambió la forma de ver, de sentir y hasta de comunicarse del hombre con el mundo que lo rodea, franqueando los primeros pasos hacia la llamada "civilización de la imagen". Desde aquella primera "vista" tomada por N. Niepce desde la ventana de su castillo, en Saint Loup en Varennes, en el año 1826, hasta el presente, han pasado, cualitativamente hablando, mucho más que los ciento setenta y cuatro años transcurridos cronológicamente.
Entonces, preferimos hablar de evolución, de etapas que se dieron y se seguirán dando. No de ciclos terminados sino de procesos dinámicos que comienzan, se mantienen, se complementan, se cierran o se reciclan, según avancen los métodos y las técnicas, a ritmo cada vez más acelerado.
Con tales parámetros analizaremos los que, según nues-tro criterio, han sido los siete pasos más importantes en la evolución de la imagen fotográfica:

El daguerrotipo (1839-1852/60)

Su invento significó el primer gran paso: la fijación de la imagen. En agosto de 1839 las Academias de Ciencias y de Bellas Artes de París, reunidas al efecto, asistían asombradas al invento de N. Niepce, mejorado por M. Daguerre, quien a la postre tendría la satisfacción de que el invento fuera conocido con su nombre. La resolución del gobierno francés fue simbólica: adquirió los derechos en nombre de la Humanidad. Descubrimiento tan trascendente no debía quedar librado a la inicitiva comercial de los particulares. Por eso decimos que la Fotografía tuvo un nacimiento digno, de generosa semilla.
El daguerrotipo suponía la obtención de un positivo sobre una chapa de cobre con baño de plata. Su duración fue efímera: había cumplido algo más de una década cuando fue vencido por la fotografía propiamente dicha. En realidad lo que fue superado fue su concepto de pieza única, de joya espejada con un valor casi tan elevado como el de un retrato pictórico.
La imagen daguerreana fue conocida en la joven República Oriental del Uruguay a los escasos seis meses de su presentación en Francia. El 29 de febrero de 1840 el abate francés L. Compte hacía la primera demostración en la plaza Matriz de Montevideo, tomando una imagen de la Catedral y otra del Cabildo. Nacía entre nosotros la historia de la imagen fotográfica.
Por estas latitudes el daguerrotipo duró bastante tiempo y coexistió con la fotografía sobre papel, la que terminó imponiéndose a principios de la década de 1860.

La fotografía sobre papel (1852 hasta el presente)

La imagen, fijada en negativo sobre un soporte, primero de vidrio y luego de acetato o similares, significó el segundo gran paso, al permitir la obtención de copias sobre papel.
El concepto de negativo-positivo se ha mantenido vigente hasta nuestros días, aunque las condiciones técnicas se hayan modificado.
Las siguientes fechas deben tomarse en forma indicativa, porque los tiempos variaron según los lugares que se consideren: 

a) Desde 1850 hasta 1880 se vivió la etapa del colodión húmedo, material que, si bien permitía una calidad técnica admirable, demandaba un proceso engorroso. Como resultaba especialmente apropiada para retratos y paisajes escénicos, se mantuvo durante ese período en manos de profesionales y de viajeros que recorrían lugares exóticos, como Egipto, Tierra Santa, India, Arabia, África y Sudamérica, para satisfacer la creciente curiosidad del público europeo. Con infinitos esfuerzos y paciencia sin límites muchos fotógrafos se aventuraron en lugares peligrosos y hasta se internaron en campos de batalla. La Guerra de Crimea y luego la de Secesión norteamericana fueron los episodios más conocidos de este período. Entre nosotros la fotografía bélica ofreció dos ejem-plos muy interesantes: la toma de Paysandú y la gue-rra del Paraguay. La casa Bate y Cía., establecida en Montevideo, envió al campo de batalla operadores uruguayos, quienes registraron escenas de guerra manipulando el colodión húmedo en la oscuridad de una carpa armada en las inmediaciones del campo de batalla.

b) Desde 1880 y hasta después de 1920 comenzó la utilización del gelatino-bromuro, base de la fotografía moderna. El doble adelanto tecnológico de productos más sensibles y objetivos más luminosos permitió el ansiado logro de "congelar" el movimiento. Este fue el tercer gran paso en la evolución. La detención del movimiento conlleva la del "tiempo", la captación del instante. La fotografía pudo transformarse en testigo del actuar humano, permitiendo registrar la memoria visual de los acontecimientos. Ya no era la fijación del espacio vacío, de gente en actitud de pose, de perso-najes como estatutas. Ahora era posible consevar la memoria de los hechos. Durante esta etapa se propagaron los clubes de aficionados o fotoclubes en todas partes del mundo.
Pocos años después, y por influencia de este adelanto, se inventaba el cinematógrafo, es decir, la imagen en movimiento. Nacía así el llamado Séptimo Arte, con lenguaje y técnica propios.

La fotografía en la imprenta (1880, hasta nuestros días)

La posiblidad de imprimir los negativos a través de la litografía y, más tarde, mediante procedimientos gráficos propiamente dichos, permitió un tiraje casi ili-mitado de copias fotográficas, a la par que hacía posible la composición y armado de textos con imágenes. Este adelanto, el cuarto gran paso en la evolución de la imagen, la proyectó en revistas, diarios, libros y publicaciones de todo tipo.
Como consecuencia surgieron los fotógrafos de dia-rios o chasirettes, como se los llamaba, por entonces.
La popularización de la imagen 
(década del veinte hasta el presente)

Los adelantos técnicos y especialmente el abaratamiento de las cámaras y los productos químicos, pusieron la imagen fotográfica al alcance del gran público. Este fue el quinto gran paso en su evolución. Desde entonces, paulatinamente, la fotografía dejó de ser un feudo casi exclusivo de profesionales y fotoaficionados, para volverse accesible al hombre común, que pudo empezar a registrar su propia familia o el entorno que lo rodeaba.

Del blanco y negro al color (de 1940 hasta el día de hoy)

Promediando la década del treinta la fotografía se abrió en un abanico de temas y especializaciones: comercial, publicitaria, de prensa, fotoclubista y del público en general. También se volvió una gran industria con poderosos intereses en juego y ramificaciones en todo el mundo.
La primera parte de la etapa estuvo dominada por el procedimiento del blanco y negro. Tanto el profesional como el fotoaficionado disponían, por lo general, de un "cuarto oscuro" donde trabajaban el milagro de la imagen: hacerla nacer y modificarla según sus posilbilidades. Química y talento artístico se daban la mano.
La segunda parte, la de la fotografía en color, podemos ubicarla a partir de fines de la década del sesenta. Lenta y progresivamente fue ganando terreno y aparejando profundos cambios en la elaboración de la imagen.
Las dificultades del revelado y de la copia en color dejaron el proceso en manos de laboratorios especia-lizados. En las últimas décadas los mini-labs surgieron por doquier, con la ventaja de realizar la operación en forma mecánica y eficiente. Muchos fotógrafos concentraron su arte en la toma, dejando librado el proceso a la técnica automática. Pero los fotoclubistas, por lo general, siguieron aferrados al blanco y negro, como forma de mantener el control de la imagen. La premisa, el punto de partida, era el dominio del procedimiento para el logro de los resultados.
En las dos últimas décadas muchos fotógrafos profesionales y algunos fotoclubistas enfrentaron la técnica de la fotografía color, a través de cursos y experiencias prácticas. Tuvieron claro que no podían dejar de lado la poderosa fuerza expresiva del color, por más dificultades que opusiera. Hubo excelentes resultados en la variación cromática, en la progresión de los tonos, en el juego de los colores complementarios, etcétera, con lo que el lenguaje visual se enriqueció sobremanera.

La fotografía digital (década de 1980 hacia el futuro)

Desde fines de la década del ochenta, aproximadamente, comenzó una nueva revolución en la fotografía, esta vez de mano de la informática. Mediante el uso del escáner o la cámara de registro electrónico, las imágenes fotográficas pudieron ingresar al mundo de la computadora. Nos referimos al sexto paso de su evolución.
El diseñador gráfico, sea fotógrafo o no, tiene la posibilidad, a través de programas como el Photoshop, el PhotoPaint o similares, de enfrentarse con la imagen en la pantalla. Y con el concurso de herramientas virtuales, modificarla, alterarla, recrearla y tergiversarla, en forma casi ilimitada. Este hecho marcó el comienzo de una etapa de la cual sólo estamos viendo la punta de la madeja, y cuya progresión, nos atrevemos a vaticinar, será vertiginosa en las próximas décadas.
Y ello nos inspira una reflexión ética. Nunca debemos olvidar que, detrás de la máquina, sigue estando el Ser Humano, artista por naturaleza, comunicador por necesidad y creativo por excelencia. Aunque mejoren los medios creativos, la máquina no podrá hacerlo todo. Es -deberá ser- simplemente un instrumento para ayudarnos a crecer, a ser más libres y más auténticos.

Fotoclubismo en el Uruguay

La actividad fotoclubista cuenta en nuestro país con una trayectoria de ciento dieciséis años. En tal sentido advertimos una relación de continuidad entre la primera Sociedad Fotográfica de Aficionados de 1884, el Foto Club de Montevideo de 1901 y el actual Foto Club Uruguayo, desde 1940 hasta el presente. Esta conclusión nos ha sido manifestada en reiteradas oportunidades por el Dr. Alfredo Pernin (hijo), nuestro mentor en la historia del fotoclubismo nacional. Su padre, el abogado Alfredo Pernin fue miembro de la Sociedad Fotográfica de Aficionados desde 1886, a los dos años de su creación, y luego del Foto Club de Montevideo. El hijo, médico, conoció personalmente a la mayoría de los miembros de ambas instituciones y de los grupos posteriores. Años después fue uno de los fundadores del Foto Club Uruguayo, al que se mantuvo unido y al que representó muchas veces desde la Comisión Directiva. Con él hemos conversado largamente sobre los antiguos procedimientos fotográficos y aprendimos a conocer y respetar a los fotoclubistas de vieja estirpe, que tanto hicieron por el desarrollo de la fotografía nacional.
La Sociedad Fotográfica de Aficionados nació en marzo de 1884, fundada por un entusiasta pero reducido grupo de experimentadores de la fotografía. Jóvenes y no tanto, comerciantes ricos e hijos de familias de origen inglés, vivieron con pasión las peripecias de congelar el movimiento. Sus preocupaciones fueron, ante todo, de carácter técnico: productos químicos, tiempos de exposición, cálculos de distancias y tipos de obturadores. A tales efectos asistían a pruebas de saltos con garrocha, carreras de caballos y corridas de toros.
     
El Foto Club de Montevideo se fundó con ex socios de la disuelta Sociedad, en junio de 1901, y continuó una trayectoria activa y variada hasta su desaparición en 1917.
Sus veladas transcurrieron en un ambiente de gran cordialidad. Para fomentar la práctica fotográfica organizaban fotoexcursiones hasta el arroyo Pando o el río Santa Lucía. Sus preocupaciones habían dado un paso adelante: apuntaban a la fotografía artística. Buscaban efectos de claroscuro, contraluces, atardeceres, reflejos de sol, bri-llos de lluvia, etcétera. Y otra diferencia que conside-ramos fundamental: el número de socios había crecido considerablemente. Ya no era el grupo cerrado de la Sociedad Fotográfica, sino que se avizoraba el espíritu abierto de los nuevos tiempos.
Hacia 1918, una vez disuelto el Foto Club de Montevideo, comenzó un interregno de veintidós años. Los antiguos socios continuaron reuniéndose en peñas fotográficas, que denominaban de fotocolegas. Las reuniones se lle-vaban a cabo en clubes como la Asociación Cristiana de Jóvenes o el Ateneo de Montevideo, o en las trastiendas de las ópticas o casas de venta de productos fotográficos.
El número de interesados, aunque dispersos, seguía en aumento y sus preocupaciones eran técnicas o estéticas, según el grupo de que se tratara.

Foto Club Uruguayo

El 10 de junio de 1940, conforme a la necesidad de unificar los distintos grupos existentes y planear actividades en conjunto, se fundó el Foto Club Uruguayo, en histórica sesión.
La primera sede fue en el Centro Gallego de Montevideo, de la calle San José 870. Luego de tres sedes intermedias: 18 de julio 920, Andes 1382 y Charrúa 1810, en 1987 el club pasó a ocupar su sede propia, en la calle Yi 1631.
Como todo organismo vivo, el Foto Club ha sido per-meable a los problemas políticos, sociales, culturales y técnicos del mundo que lo rodea. En tal sentido podemos apreciar un paralelismo entre los cambios que experimentaron el país y la institución desde el lejano 1940.
A partir de su creación se constituyó en un lugar abierto, un campo de ensayo y práctica fotográfica para miles de personas, en su mayoría jóvenes con inquietudes artísticas. Quedaba atrás el concepto de hobby casi exclusivo, con algo de elite, que habían tenido sus antecesores. Ahora la fotografía se concebía y difundía de acuerdo con el rol que había empezado a cobrar en el mundo, como elemento dinamizador de la cultura de la imagen.
Estos sesenta años de vida han sido de evolución cons-tante. Por imperio de las circunstancias y sentido coordinador de sus Consejos Directivos, el Foto Club terminó por asumir el doble papel de testigo y parte en el desarrollo de la fotografía nacional.
Debe señalarse con orgullo que, pese a su evolución permanente y tal vez por ello mismo, el Foto Club Uruguayo ha mantenido, a lo largo de su trayectoria, tres de sus cometidos esenciales, que conforman la base de su existencia y son claves en todo club o asociación que disponga de savia generosa y aspire a un futuro promisorio.

Ha sido un lugar de encuentros y sana camaradería, lo cual no quiere decir que no haya conocido las discrepancias y divisiones, sino que estas fueron resueltas con criterio de superación. En otras épocas se reunían en su sede tanto los fotoclubistas como los fotógrafos profesionales y los reporteros gráficos (estos últimos sesionaron allí hasta que se agruparon en argu). Una actitud permanente del Club fue el fomento de las actividades sociales y culturales. Se alternaron concursos con festejos, conferencias técnicas con charlas de viajes, exhibición de diapositivas con salidas fotográficas al interior del país. Una de las realizaciones más importantes, que no podemos dejar de señalar, fue la publicación de revistas, boletines, comunicados y folletos con noticias del quehacer fotográfico y de los logros obtenidos, así como informaciones técnicas y avisos de venta o permuta de equipos fotográficos. No hubo una revista única sino que fueron esfuerzos temporarios de mayor o menor duración, lo que les confiere un valor especial para el análisis, por cuanto marca las variaciones y períodos. Estas revistas merecen un capítulo más detallado, en el que se analicen los factores de evolución tanto técnica como social. En especial ponemos el acento en la revista RevelArte, la más reciente y la que contiene en germen el espíritu del presente libro.
También se han festejado y recordado acontecimientos trascendentales en la historia de la fotografía, como el FotoEvento realizado en 1990, en homenaje a los 150 años de la Fotografía en el Uruguay y a los 50 años del Foto Club, entre otras actividades.
      
Ha organizado y colaborado en la realización de muestras y exposiciones. En tal sentido su política ha sido la de auspiciar la presentación de muestras colectivas e individuales, tanto de socios como de fotógrafos invitados.
Recordamos los importantísimos Salones Internacionales de Fotografía, con obras llegadas de todas partes del mundo, que se celebraron, con responsabilidad y jerarquía, hasta la década del sesenta.
Asimismo, queremos destacar el tradicional Salón Aniversario, exposición anual de los socios del Foto Club, que se ha convertido en un clásico en el panorama de la fotografía nacional. Y también, más recientemente, la apertura de una sala de exposiciones al frente de la sede social.
          
Ha bregado por la formación de fotoclubistas, aspecto que resulta importante precisar. El Club ha impartido siempre cursos en varios niveles (básico, avanzado, cursillos especiales, etc.), con docentes más vocacionales que remunerados. Estos cursos teórico-prácticos trasmiten una forma de ver y compartir que, complementada con la práctica del la-boratorio, crea una sensación de camaradería y una actitud de trabajo en equipo. Ello contribuye a un logro formativo, sin descuidar el informativo, porque, a su vez, determina una forma de ver y valorar la fotografía, ajena a los intereses económicos y a las preocupaciones comerciales.
Hasta hace dos décadas, el criterio de valoración se mantenía estático, apegado a las reglas de la proporción áurea. La admisión de obras para los salones se regía por criterios estéticos predeterminados, que no tomaban en cuenta la interioridad del fotógrafo, lo que este pretendía decir o necesitaba trasmitir.
En los últimos años esta actitud ha derivado hacia la búsqueda de la foto por la foto misma, es decir, la conquista de la libertad expresiva.
Este concepto, logro fundamental de nuestra época, conforma, a nuestro entender, el séptimo paso en la evolución de la imagen. Revolución que, esta vez, no proviene de la técnica sino de la propia esencia del lenguaje fotográfico.

Juan Antonio Varese