Dina Pintos 
    

Fotógrafa y docente en el Foto Club Uruguayo entre los años 1980 -1988. Dictó clases en la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Católica del Uruguay en el período 1980 - 1996, siendo en nuestro país, una autoridad en el estudio y análisis de la imagen.

De la Plata al Pixel

Como todos los componentes de la cultura, la Fotografía, desde su creación, ha interactuado fuertemente con el contexto de cada época. Durante esos 15 años, los autores de las obras que se reúnen en este libro tomaron contacto con la fotografía. Y ese lapso tiene un perfil histórico propio y definido, que de un modo u otro nutrió las necesidades expresivas de esos artistas. También en esos 15 años se produjo una evolución impactante en el ámbito de la creación de imágenes.

Parece un buen momento para conceder la permanencia del libro a una etapa de trabajo que, aunque se ha multiplicado en talleres, muestras y portafolios, tendrá una influencia efímera con el correr del tiempo. La obra fotográfica sólo perdura para el gran público, por medio de los libros.

En nuestro país, un largo período de represión de los diferentes afluentes de la libertad y el acceso a la normalización de una vida institucional con los forcejeos, las esperanzas y las frustraciones de una transición dura, que arrastra huellas del autoritarismo vivido y no alcanza a curar las dolorosas heridas padecidas, cons-tituyen la situación de partida de los 15 años que nos ocupan.

Los autores de las obras reunidas en este libro inician su experiencia fotográfica en ese clima heredado, en esa sociedad que asume con perplejidad las posibilidades de expresarse libremente, sin recursos sinuosos para eludir la censura o el riesgo. 

También tienen en común su contacto con el Foto Club Uruguayo. En algunos casos iniciándose en sus cursos, en otros compartiendo esporádicamente sus actividades, o su orientación con respecto a la fotografía artística, es decir, a la fotografía que responde a una motivación expresiva, ajena a objetivos publicitarios, propagandísticos o comerciales de cualquier índole.

Pero posiblemente lo que ha determinado esa orien-tación ha sido la decidida independencia de criterios con que el FCU ha establecido desarrollar sus actividades. Alentando la investigación más que la improvisación, el intercambio de experiencias frente a los logros personales, y sobre todo desmitificando la competencia entre autores, el FCU instaló un clima abierto a la creación artística. Y cuando institucionalmente se determina que no habrá juicios descalificadores, sino discusiones e intercambios, se está disparando un gozoso potencial de trabajo liberado de prejuicios y de normativas, del cual es testimonio parcial este libro.

Estos últimos 15 años han volcado sobre los pueblos del mundo una catarata avasalladora de imágenes intencionales, comerciales o no, canalizada por los medios masivos, que ha bombardeado y también em-botado el sistema perceptivo visual del ser humano. Ese espacio de atención conquistado por las representaciones visuales está modificando la estructura misma del pensamiento.

Todo aquello que nos llega verbalmente, ya sea escuchado o leído (ambas modalidades pertenecen al sistema perceptivo del oído, ya que la escritura es un recurso para la perdurabilidad de la palabra), se des-pliega linealmente, y en el tiempo. Sus combinaciones de sonidos y la duración de los mismos, nos permiten seguir racionalmente su desarrollo: descifrar. Es un territorio en el que nos movemos cotidianamente, y en el que nos expresamos con soltura.

Cuando recibimos comunicaciones visuales, ellas son atemporales y espaciales: nos abordan todos los elementos que las constituyen al mismo tiempo. Es un contacto instantáneo en que los componentes de la imagen interactúan fuertemente entre sí, se han configurado sin nuestra intervención, y se franquean una entrada directa a la afectividad. 

Cada uno de esos elementos tiene un potencial expresivo propio: cómo desconocer lo que nos puede comunicar una textura, las connotaciones del color, o el sentido de la presencia o la ausencia de luz. Pero la compleja trama de relaciones que se establece en una mancha nos llega en un instante mínimo de percepción. Su estructura, su balance o su desequilibrio, en fin, su composición, tienen efectos instantáneos sobre la manera en que la recibimos.

El desborde de las imágenes durante los últimos años y el acostumbramiento de los ojos y el corazón a una recepción poco crítica y menos analítica, van limitando las posibilidades de contextualización de lo que recibimos del mundo. 

Pero hay otra característica decisiva en nuestra relación con la imaginería que nos rodea: somos espectadores de imágenes, pero no "hacedores"; no tenemos posibilidad de respuesta, no hay espacios ni medios para la devolución de lo que nos provocan, es un lenguaje que nos aborda, pero en el cual muy pocos nos expresamos.

Si bien la difusión de la pequeña cámara automática ha puesto en las manos de muchísima gente un medio invalorable de memoria visual, son pocos los canales abiertos para que la imagen fotográfica sea auténticamente el vehículo de sus inquietudes expresivas.

Cuando es asumida así, y una vez_ superados ciertos niveles de aptitud técnica liberadora, se convierte en un viaje introspectivo. Paradójicamente el registro de imágenes del mundo que nos rodea, su análisis, su selección, las innumerables opciones de su tratamiento, la decisión de su encuadre, nos van sumiendo en la investigación de nosotros mismos. El estudio atento de la obra de un fotógrafo nos va a dar, no sólo ciertas claves para el conocimiento del mundo en que vivió, sino una aproximación a su interioridad, al contexto intrapersonal en que su obra se produjo. Y es en la devolución comprometida de ese formidable juego de espejos, donde se concreta el verdadero documento fotográfico.

Con un estatuto múltiple que abarca especialidades en que la exigencia técnica es una prioridad, y moda-lidades cuyo valor esencial radica en la captación del "instante perfecto", que ampara la más planificada exigencia expresiva y técnica, pero también el documento fugaz, a veces defectuoso, de valor testimonial insustituíble, o la abstracción completamente pansémica, la fotografía ha mantenido relaciones ambiguas con el mundo del arte. Excluída de sus grandes eventos, invadida por los críticos de otras disciplinas, ha buscado espacios propios regidos por criterios a veces muy difusos. La gran diversidad de sus aplicaciones y su misma historia, han eludido una discusión exhaustiva de las fronteras que la dividen.

Felizmente, en los últimos tiempos, no sólo se desprendió de los muros donde fatalmente se la exponía, sino que se integró como espectáculo con derecho propio, y se insertó en la gran actividad artística múltiple, dando respuesta a una creciente avidez de la gente por las imágenes, y planteando muchas reflexiones acerca de sus valores, y de sus poderes.

Pero en estos 15 años de los que hablamos, también se produjo un cambio vertiginoso en el ámbito de la creación de imágenes con la digitalización. La cámara digital, los programas de creación y de edición, y las enormes posibilidades de manipulación de todos los soportes fotográficos a través de ellos, han replanteado muchas variables del acto fotográfico. 

Su valor como documento testimonial, limitado desde hace mucho tiempo por las habilidades del montaje y del laboratorio, mantenía su capacidad de provocar ese incomparable estremecimiento de realidad: el rayo de luz que había tocado ese objeto, esa escena, esa persona, había impresionado el material sensible en un instante único e irrepetible.
Los procedimientos digitales han difundido una batería poderosa para la alteración de fotografías tomadas directamente de la realidad, sin que sea posible discernir su grado de verosimilitud con la materia representada. La pérdida de su ya discutido valor testimonial no hace más que confirmar que ninguna representación "es" la realidad, sino que siempre estará sometida a la mediación de su autor y de los recursos que ponga en juego.

La cámara digital, si bien todavía con limitaciones técnicas para su gran difusión, es ya un instrumento popular en muchos países y va sustituyendo a la cámara analó-gica en su función social de base, la del registro visual del acontecimiento personal: familia, viajes, celebraciones. De manejo fácil, con una gran capacidad de almacenamiento, es liviana y fuerte. Sus imágenes tienen acceso directo a la computadora personal, y pueden verse y modificarse directamente en la pantalla.

En niveles de mayor exigencia técnica, su costo ha frenado un poco la competencia con la fotografía tradicional, pero es cuestión de tiempo y de adaptación de toda la cadena de producción de imágenes.

Pero el tratamiento digital de fotografías realizadas con los métodos tradicionales ya se ha difundido, y con él se abrieron, no sólo una cantidad de posibilidades de ajuste, retoque y perfeccionamiento, sino también un enorme campo de experimentación creativa.
A medida que se instala este verdadero universo nuevo, surgen las reflexiones acerca de los desafíos inéditos que se plantean: nunca un creador visual se vio enfrentado a una diversidad tan grande de opciones para cada decisión a tomar en la realización de su obra. La concepción misma de la toma fotográfica queda en entredicho cuando el fotógrafo sabe que después dispone de los recursos más afinados para ajustarla a su idea.

Sin embargo, una vez instalada una imagen en la pantalla, uno de los problemas decisivos es el de mantener el proyecto creativo. La diversidad de posibilidades de manipulación de cada uno de los elementos visuales básicos, el control de las casi infinitas variables en las tres dimensiones del color, los recursos compositivos disponibles, tientan la exploración de tantos caminos, que muchas veces ponen a prueba la verdadera intención expresiva del artista.

Por otra parte, se produce un cambio radical con la progresiva sustitución de los métodos del laboratorio artesanal: sus transformaciones escalonadas y a veces irreversibles, siempre laboriosas, el tiempo necesario para producirlas, dan paso a los cambios vertiginosos, verificables previamente y casi siempre anulables de los programas informáticos. 

La práctica fotográfica de la era digital retoma el dilema entre la riqueza de recursos creativos y la búsqueda deliberada de la obra, entre la certeza de adonde se quiere llegar desdeñando como Ulises el canto de las sirenas, y la tentación de zambullirse en la investigación del instrumento a la búsqueda de configuraciones más o menos aleatorias, pero igualmente válidas, en la medida en que sean la respuesta auténtica a las necesidades expresivas del autor.

Dina Pintos. Montevideo Noviembre 2000.