Diana Mines
Fotógrafa y docente en el Foto Club Uruguayo en el período 1980 -1988.
Realizó estudios en el "San Franciso Art Institute" de California,
EUA, obteniendo el título "Bachelor of Fine Arts". Docente en la Universidad
Católica del Uruguay en la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación
entre los años 1981 -1999. Ha participado en múltiples exposiciones,
individualmente en 1980 y 1989. Ha escrito sobre fotografía en Jaque,
La Hora y Brecha desde 1984. Es permanente fuente de consulta y referente
para los fotógrafos uruguayos.
Palabras sobre fotografías que hablan por sí solas
Criterios críticos
Todas las sociedades productoras de arte han generado, simultáneamente,
mecanismos de control sobre el arte. La percepción intuitiva de su
potencial comunicador y a la vez liberador, condujo a variados intentos
de normatización capaces de ponerlo al servicio de los valores vigentes
y de evitar sus desbordes transgresores.
No es que el arte pueda, por sí mismo, subvertir un orden social establecido
-ilusión que compartieron, no obstante, más de cuatro artistas a lo
largo de la historia- pero su doble condición de expresión y de creación
lo convierten en un poderoso referente para cualquier proceso cuestionador.
El arte anida, además, en las entrañas y en la imaginación, dos territorios
fuertemente vinculados al pla-cer, lo que lo torna peligrosamente
atractivo.
En forma genérica, todo mecanismo controlador del placer afecta su
desarrollo, y fueron las religiones institucionalizadas las primeras
en acometer la tarea._ Luego, los distintos renaceres del pensamiento
parecieron sacudir las ataduras, pero sólo para reordenarlas en pos
de los nuevos fines: la estabilidad, la utilidad, el trabajo. El placer
dejó de ser proscripto pero se lo acotó a la estética. Los conceptos
de armonía y equilibrio se hicieron prioritarios, y en tiempos de
paroxismo -de derecha y de izquierda- se asistió a la clasificación
del arte en sano y degenerado.
La rebeldía de muchos y muchas artistas cayó a menudo en la trampa
de aceptar la dicotomía pro-puesta y situarse en la trinchera opuesta.
Así nació el arte por el arte, divorciado de todo cariz utilitario,
refugiado en bellas y solitarias torres de marfil.
Para el gran público, tanto la prédica moralista como los refinamientos
académicos y los desplantes contestatarios, han alejado al arte de
su realidad cotidiana. El mercantilismo se encargó de proveer a las
mayorías de alimentos fáciles de digerir para satisfacer su hambre
natural de expresión, con lo que la creatividad intrínseca a todo
ser humano, lejos de desarrollarse ha quedado dolorosamente atrofiada.
La Fotografía, con su tardía incorporación, apadrinada por la ciencia
y la tecnología, ayudó a ahondar aún más la brecha._ Portadora de
recursos que ni ella misma sospechó -su formidable capacidad de cabalgar
sobre las ancas del tiempo real, por ejemplo- se dejó atrapar por
los falsos dilemas, y paradojalmente, ayudó a liberar a las artes
plásticas de los roles a los que estuvieron atadas durante siglos.
La Fotografía heredó las reglas clásicas de composición así como el
rol descriptor y retratístico.
Disfruta, sin embargo, de un denominador común extraordinario para
restablecer los vínculos entre los distintos protagonistas del fenómeno
creativo: la cámara. Su naturaleza democratizadora no acaba en la
reproducibilidad que le señalaba Walter Benjamin, ni debería quedar
reducida a la mediocridad consu-mista que le han inculcado los dueños
del mercado. Distintos proyectos no gubernamentales que incorporaron
la toma fotográfica como herramienta de cre-cimiento para determinados
grupos sociales, han demostrado que el arte es mucho menos sacro y
más accesible de lo que nos enseñaron, aún en sus elaboraciones más
sofisticadas.
Claro que no todo es arte ni todo el mundo es artista. Pero pueden
serlo. ¿Dónde se produce el salto cualitativo? Este salto, ¿es idéntico
en todas las artes?
La Fotografía, a pesar de muchos indicios ambiguos, pertenece nítidamente
al dominio de las artes visuales, junto con el cine, el video y la
imagen digital. Su materia prima es la percepción visual, con o sin
manipulación. Sus marcos son de extracción a partir de un todo temporal
y espacial. La pintura y el dibujo -artes plásticas- trabajan a partir
de marcos vacíos, a los cuales incorporan elementos, fundamentalmente
bidimensionales.
Los criterios de organización interna en una fotografía son infinitamente
más complejos que los de una re-presentación gráfica. Las presencias
aluden a las ausencias, los cortes claman por sus pedazos, las caras
por sus espejos, los momentos por sus historias. Una fotografía no
es la eternización de un momento -lo que equivaldría a la muerte-
sino su congelamiento transitorio. Cada mirada que se posa en ella
echa a andar otra vez todos los relojes, incluidos los de la nueva
mirada. El ojo rara vez se confunde. Puede distinguir una fotografía
minúscula inserta en un collage y eso alcanza para desatar mecanismos
memoriales y afectivos absolutamente distintivos. Y es que, mani-pulada
o no, una fotografía proclama contundentemente que alguien, algo,
estuvo una vez frente a una lente y que esa visión fue registrada
en algún tipo de soporte. La fotografía es -como dice Dubois- huella,
index.
Por ello, escribir sobre fotografías agrega más dificultades a las
que ya posee toda crítica por el mero hecho de traducir códigos del
lenguaje visual al hablado o escrito. El acto no puede ser reducido
a un ejercicio formal, a un análisis racional o a una fórmula interpretativa,
sino que tiene que constituir una creación en sí misma. Es un trabajo
sensible y debe recibir una lectura sensible. Esto implica asumir
la carga inevitablemente subjetiva de todo comentario crítico. Carga
que no imposibilita otra interpretación sino que la estimula, al abrir
un camino de acceso a la obra.
Todo tiempo presente fue mejor
La historia ha sido siempre interactiva. Cada generación recibe una
coyuntura y sus individuos eligen -no sin condicionamientos- aceptar
o modificar su curso, dar la cara o la espalda a los conflictos de
su tiempo. Las distintas generaciones del Foto Club representaron
intereses muy diversos, que quedaron plasmados en sus imágenes.
A la hora de seleccionar las fotografías para este libro, se optó
por las de aquellos autores y autoras relevantes cuya vinculación
con el Club se hubiera producido después de 1985. Ésta no es cualquier
fecha, para el país ni para el Foto Club.
Para el país, es obvio que ese año marcó el reinicio de la vida democrática.
Si bien los miedos instalados durante los doce años anteriores demoraron
bastante más en desvanecerse de nuestras conciencias, puede considerarse
que a partir del '85 los ánimos ya estaban en mejor disposición para
pensar y sentir con libertad. Ese año marcó, además, el retorno a
Uruguay de varios fotógrafos exiliados -Casamayou, Balduvino, Sanz,
Caselli, Ameal, Bonilla, Urruzola- que aún sin vincularse al Club
en todos los casos, trajeron consigo vientos frescos.
Para la institución, se instalaba un proceso de cambios irreversibles
iniciado el año anterior: a propuesta del nuevo equipo docente, en
acuerdo con la Comisión Directiva y el sentir general de socios y
socias, habían sido suprimidas las prácticas tradicionales en todos
los fotoclubes: concursos mensuales con temas prefijados, rankings,
puntajes, premios, medallas, etc. En su lugar, fueron creados talleres,
muestras libres y "salones portafolios", tendientes a formar autores
más que deportistas de la cámara.
En décadas anteriores, el Foto
Club Uruguayo había tenido figuras prestigiosas -Ramón Rivero,
Luis Portas, Eduardo Defey, Julio Genovese, Bernabé Rodino, para nombrar
algunas- pero por haber orientado sus trabajos hacia la competencia
interna e internacional, invirtieron toda su energía y creatividad
en instancias fugaces, que no decantaban en discursos visuales propios
ni trascendían fuera de los círculos que los agrupaban (tal vez Norberto
Barbot haya sido quien logró preservar su independencia temática,
humilde y solitariamente).
Una generación intermedia, a finales de los '60 y principios de los
'70 había abierto caminos más personales -Dina Pintos, Silvia Julber,
Eduardo Collins- pero el sacudón grande se produjo en 1974, inmediatamente
después del golpe militar. La censura feroz sobre la palabra escrita
y hablada hizo que otros lenguajes, como el de la imagen y el sonido,
ganaran caudales de adeptos. Quienes ingresamos al Club en ese momento
nos interesábamos en el documento social, a menudo divorciado de los
cánones estéticos prevalecientes. Queríamos denunciar más que agradar,
pero al expresar nuestras utopías estábamos proponiendo una estética
diferente. Figuras mentoras de aquella etapa, como José Luis Samandú,
Roberto y Mario Schettini, Héctor Borgunder y Hugo Marinari, exhibieron
sus trabajos, algunos en tiempos aún recientes, generando además espacios
nuevos, más abiertos que los clásicos y consagrados.
Entre esa generación y la que alberga este
libro, surgió entre 1980 y 1985 una corriente renovadora, mayoritariamente
joven pero con temas y estilos diferentes. En varios casos con producción
activa hasta el presente, en otros continuada fuera del país, Marcelo
Isarrualde, Mario Batista, Lilián Castro, Gustavo Castagnello, Marta
Pagliano, Vladimiro Delgado y Roberto Fernández, entre otros, abrieron
el camino del trabajo introspectivo que habría de instalarse plenamente
en el Club de los años subsiguientes.
Frentes y perfiles de este libro
Las nuevas características del trabajo encarado dentro del Foto Club,
propiciaron la formación autoral en socios que ingresaron a la institución
a partir de su Curso Básico, pero también constituyeron un factor
de atracción para personas que habían iniciado su formación en otros
ámbitos, como la Escuela de Bellas Artes, Talleres y Escuelas privadas,
la práctica periodística o el aprendizaje autodidacta.
En varios casos, la prensa gráfica se benefició con el aporte de personas
formadas en el Club, modificando el viejo mecanismo de incorporación
por aprendizaje práctico paulatino, y elevando notoriamente la calidad
de las fotografías publicadas. A su vez, el trabajo pe-riodístico
marcó la temática definidamente documental de algunos autores, pero
otros han mantenido territorios visuales diferentes en lo laboral
y lo personal.
Los nombres se superponen en muchos de estos casos, y es bueno que
esto suceda, porque marca el fin de las divisiones y las categorizaciones
arbitrarias. Pauta también la comunicación fluida entre el Foto Club
y el quehacer fotográfico "de extramuros", separación que en muchos
países todavía no ha sido superada.
Pero esta dinámica rica y cambiante hace provisoria toda clasificación,
tanto entre autores como de cada trabajo individual.
Las tres fotografías elegidas por Leo Barizzoni parecen ilustrar lo
que ha sido su trayectoria de fotógrafo muy joven, que levantó pronto
el vuelo y se situó merecidamente entre los mejores reporteros gráficos
del país, sin perder su sensibilidad ni su autonomía temática, demostradas
a lo largo de varias muestra personales.
Carlos Costa pertenece a las generaciones más recientes formadas en
el Foto Club. El formato panorámico en el que ha incursionado tiene
un peso importante, por lo distintivo, en cada imagen. Cada una se
despliega, asimilable a una frase más que a una palabra, donde caben
ordenadamente el sujeto, el verbo y el predicado, conjugados en un
tiempo que es pasado, presente y futuro a la vez.
La terna que representa el trabajo de Gerardo Correa -otro de los
jóvenes que se ha volcado a la prensa- no transita tanto por el devenir
del tiempo sino por los lugares que ocupan los distintos protagonistas
de un mismo presente: el margen de quienes "la ven pasar", el dolor
impotente de quienes se convierten en víctimas de las circunstancias,
y el puesto de lucha de quienes deciden hacer algo por su destino,
aúnque más no sea protestar.
Depositar la esperanza en rostros infantiles no es novedoso, pero
hacerlo manejando sutilmente elementos como el ángulo bajo en la toma,
la incógnita de sus miradas, la luz que los empieza a definir o el
misterio de sus garabatos, pautan la sensibilidad de Waldo León, tambien
perteneciente a la generación nueva del Club.
Fernando Pena se ha incorporado igualmente al pe-riodismo gráfico,
sin acusar conflicto entre sus intereses personales y su trabajo.
La precisión de los encuadres originales, la elección significativa
de los planos de foco y la utilización creativa de la luz am-biente
le permiten dar un sello personal a la variedad de situaciones a las
que se enfrenta diariamente.
Similar es el caso de Pablo La Rosa, cuyas tres fotografías en el
libro trascienden la motivación ocasional con que fueron tomadas,
para convertirse en alegorías de la masificación y la libertad. Y
es que toda persona con una cámara comunica sus emociones cuando registra
un hecho, aun cuando lo haga con conciencia de ecuanimidad.
Gabriel García ingresó al Foto Club siendo casi un adolescente, y
una vez dedicado al trabajo de prensa mantuvo su estilo personal,
comprometido con los temas y libre en la forma. Su propuesta no deja
de tener un toque de ironía ante los nuevos estilos de vida del uruguayo
tradicional, incapaces sin embargo de formatear la opresión que subsiste.
Federico Gutiérrez ha transitado por muchas etapas del periodismo
gráfico, pero ha logrado preservar un interés por la investigación,
que se ha concentrado fundamentalmente en las posibilidades del material
sensible a la radiación infrarroja. El dramatismo característico de
este tipo de imágenes se integra apro-piadamente al clima onírico
que Gutiérrez refuerza con el uso de gran angulares y perspectivas
sesgadas.
Rodi Trzcinka registra ávidamente la realidad montevideana, pero lo
hace para un diario hipotético, que sabe apreciar su agudeza, su ironía
y su dominio formal de la imagen. En los diarios reales no parece
haber vacantes. En dos de ellos no las hay para mujeres, según le
dijeron.
La representatividad de las mujeres en la fotografía uruguaya creció
por la realización de muestras específicas de género a partir de "Campo
Minado", en 1988. Sin embargo, a pesar de constituir la mitad y a
menudo mayoría en los cursos, múltiples factores van alejándolas de
las etapas de concreción. En este mismo libro, participan 6 en un
total de 25 autores. En la prensa gráfica, varias han traspuesto la
barrera y ganado el respeto general...
Matilde Campodónico es una de ellas. Con un talento realmente vocacional
para hacer de la cámara su ojo y viceversa, ha pasado cómodamente
del blanco y negro al color,.con el que aquí pinta crudamente la realidad
de una cárcel, y antes pintó delicadamente el movimiento de los cuerpos
en el agua.
Magdalena Gutiérrez también se aferra a sus rincones personales en
el trajín del fotoperiodismo, y lo hace lúdicamente, armando pequeñas
escenografías de co-lores irreales y catástrofes diminutas.
El color es también la herramienta utilizada por Andrés Stapff, pero
de una manera literal, sin que sobrepase en protagonismo a la acción
que transcurre dentro del cuadro. En él, la cámara franquea el acceso
a "la trastienda", donde todos querrían estar. De alguna manera, Nelson
Gecelter lo administra de modo similar, para resaltar cualidades que
están en la acción, en este caso en el movimiento rítmico, verti-ginoso,
duplicado y superpuesto de las comparsas carnavaleras.
El caso opuesto es el de Eduardo Langguth, cuyo interés por el color
radica precisamente en el color mismo, hasta el punto de sorprender
por la pureza estridente con que lo encuentra en lugares y objetos
a los que no solemos prestar atención.
Distinto es el protagonismo del color en el trabajo de Mauricio Skrycky.
Su artificialidad no es otra que la que nuestra sociedad ha endiosado
para vestir llamativamente el tedio cotidiano, ése donde son necesarios
los micrófonos para hablar con los vecinos y donde un lechón tiene
más cabeza que los ejecutivos que ordenan el menú.
Para quienes dudan de la capacidad de la fotografía en colores para
trascender lo anecdótico, hay en este libro ejemplos de los múltiples
abordajes que ella permite.
Luis Alonso es uno de los fotógrafos jóvenes con más larga trayectoria,
debido a su temprano ingreso a la fotografía. Habiendo transitado
por el periodismo y la toma de estudio, hoy en día echa mano al color
para retratar una realidad quemante, oscura, furtiva. Los habitantes
de estas noches pasan anónimos por la vida. Tal vez por eso sientan
la necesidad de multiplicar sus rúbricas en las paredes.
Álvaro Percovich comenzó a hacer fotografía muy joven, como Alonso.
Su incorporación al periodismo gráfico es más reciente y se produjo
cuando ya había desarrollado una forma muy personal de ver. Su transición
del blanco y negro al color no significó un viraje temático. Sus imágenes
simplemente tomaron color como los frutos, al madurar. Los personajes
siguen allí, insinuados por sus sombras, gobernados por los signos
que ellos mismos crearon.
Carlos Pazos por su parte, se asoma con su cámara y su película color
al circo de la vida. Permítaseme -con el subjetivismo que ya confesé
al principio- que destaque dos de sus fotografías entre las más interesantes
y misteriosas de este libro. En ambas, una niña ingresa -como en El
Mago de Oz- a un mundo de fantasía, donde el elefante le dedica sus
piruetas y el artista pinta un payaso sólo para ella. Semejante magia
sobrevolaba en dos escenas de poca trascendencia aparente, que de
pronto son construidas con la lente y el ángulo justos, por alguien
que las supo ver.
El trabajo de José Pilone no es el que habitualmente se define como
documental. Sin embargo, a través del autorretrato, las máscaras,
la bolsa de plástico, los rasgos desdibujados, su identidad se funde
con toda identidad (o falta de ella). Como en el teatro, una parodia
de realidad puede ser más potente que la rea-lidad misma para generar
reflexión sobre la vida. Aquí, la fotografía se asocia a un trabajo
espacial, plástico, previo, y aún con una posterior manipulación digital,
lo que no hace sino ampliar los horizontes de la creación.
Diego Velazco ha hecho en esta oportunidad el camino inverso, desde
el color hacia el blanco y negro, utilizando además el formato 6x6
de negativo. Siempre produce fascinación la creación de una buena
imagen allí donde aparentemente no pasaba nada. La simple exhibición
de una película se convierte aquí en un "viaje" a una dimensión desconocida.
Una sutil ironía subyace en la sensación de movimiento aportada por
la prolongada exposición de una cámara que, por definición, congela
el movimiento, y especialmente cuando lo que capta es el efecto producido
durante una proyección cinematográfica.
La opción sostenida por el blanco y negro, o su retorno a ella, por
parte de algunos autores y autoras de mayor producción, obedece a
una intención clara de ahondar en las posibilidades de su lenguaje
y de controlar al máximo su ejecución en el laboratorio.
Así, Pablo Bielli desarrolló un trabajo de raíces hondamente personales
en torno al tema "cicatrices", donde los significados íntimos no descuidaban
la organización formal de las imágenes mismas ni tampoco los aspectos
de la presentación. Esa misma capacidad es apreciable en las dos fotografías
que acompañan a la primera, lo que permite hablar ya de un autor con
un lenguaje visual propio, decantado y con caminos abiertos para internarse
en otras áreas.
Nelson Núñez es uno de los más intimistas entre los fotógrafos de
las últimas generaciones del Foto Club. Capaz de cercanías y encuadres
cerrados e inquie-tantes -poco frecuentes en autores nuevos- sus imágenes
tienen una enorme contundencia y permiten abordajes muy variados a
quienes las recibimos.
Es también el caso de Mariana Méndez, quien después de la experiencia
fotográfica y humana de Circum -de la cual ha elegido las fotografías
para este libro, dos de ellas ya emblemáticas- realizó una instalación
con contenido fuertemente autobiográfico y una gran riqueza de recursos
visuales, capaz de integrar armónicamente el blanco y negro con el
color, la ampliación gigante con la miniatura y los soportes de impresión
más diversos.
María de los Ángeles Viera, por su parte, viene rea-lizando desde
hace años una investigación exhaustiva sobre su propia interioridad
y la relación con su entorno, general e inmediato. La superposición
de imágenes y la manipulación de la impresión en el la-boratorio han
multiplicado sus recursos sin caer en tecnicismos. Lejos de agotar
el tema, le abren caminos para continuar indagando.
Cristina Barú, ingresada al Club en el período que abarca este libro
pero con un bagaje de formación plástica previa, ha alcanzado una
síntesis de lenguaje que le permite hacer, literalmente, lo que se
proponga. Su última muestra realizada en la Sala chica del Centro
Municipal de Exposiciones (exSubte) -la serie de camas en estado de
amor y desamor- fue muy elocuente de esa capacidad. Este "boleto global",
cuyo número fatídico lo condena a pesar de su inocencia, se conecta
con un trabajo temprano de Barú que incluía papeles arrugados.
Al conjunto de personas cuya obra queda ahora publicada, felicitaciones.
A quienes idearon y concretaron este
libro, gracias.
Diana Mines, Noviembre, 2000 |
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