| TEORIA | por Diana Pintos |
| L | as imágenes fotográficas nos seducen, unas
más y otras menos. Difícilmente nos podemos desinteresar si entran en nuestro campo
visual, pero el tiempo de contacto que les dedicamos depende de demasiadas variables para
inventariarlas. En gran parte, ese tiempo de contemplación se genera en las propias
fotografías: en su capacidad de sugerir, en su riqueza, en las condiciones en que se
produce el encuentro con ellas. Algunos aspectos de esa relación espectador-imagen se detectan en cuanto deslindamos las características de los sistemas perceptivos que rigen nuestra comunicación verbal y nuestra comunicación visual. A diferencia de las palabras que necesitan desarrollarse en el tiempo para ser comprendidas, y que nos llegan ordenadas, articuladas racionalmente, los elementos que componen las imágenes nos abordan simultáneamente, y su ordenamiento no es evidente, aunque exista y sea intencional. El contacto visual significa la entrega total, instantánea, avasallante, aunque una sabia mirada nos permita después descubrir todo lo que no vimos. Hay otra diferencia radical en la naturaleza misma de ambos sistemas: las palabras están compuestas por letras, y ellas aisladas no pueden contarnos muchas cosas. En cambio los elementos primarios de lo que vemos, pueden tener una formidable capacidad expresiva. Una textura nos produce una asociación sensorial con el tacto o con el gusto: nos agrada o nos rechaza; una forma nos puede resultar agresiva por sí misma, y la presencia o la ausencia de la luz y de toda su gama de tonos determina fuertemente nuestra respuesta. Estos y otros elementos primarios que permiten a la retina una visión diferenciada del mundo vibran emocionalmente por su cuenta y se recomponen en cada fotografía en complejos mensajes que apelan a nuestra subjetividad personal, pero también connotan muchos aspectos del mundo que compartimos. Todas esas características de las imágenes les abren caminos muy directos a la afectividad, a la respuesta sensible o a la complicidad lúdica. Pero ¿qué pasa cuando miramos una fotografía con la intención de "leerla", de descubrir todo lo que nos puede contar? La fotografía provoca ante todo en quien la mira un doble estremecimiento: un rayo de luz tocó esa realidad e imprimió su huella en el material sensible, es su testimonio de existencia. Y además, ese instante es irrepetible.
que cumple 100 años, y éste le dice: "..está ahí el inconveniente de esta filosofía de retadores de grandes discursos de nada. Se conforman con nombres y palabras huecas...".
famosa como comunista y feminista, con una vista, en el lobby del edificio del Reichstag, Berlin Esa primera vibración, consciente o no, que nos produce una fotografía, empieza a trenzarse con las relaciones que se establecen en y desde el campo mismo de la imagen: el espacio sugerido desde allí, y lo que él contiene (todo lo que nuestro imaginario agrega alrededor de lo que está representado), nuestra reflexión acerca de la propuesta del fotógrafo desde el tema elegido, con todas las opciones que ello implica (¿por qué tomó todas esas decisiones técnicas? ¿qué propósito se planteaba? ¿qué estado de ánimo lo condicionaba, aun en forma inconsciente?)
La dirección, otra potente diferencial retiniana, crea a través de la mirada, el puente con un espacio omitido pero fuertemente sugerido. No hay recetas para agotar nuestras respuestas ante una imagen, ni para lograr imágenes que las provoquen o no. Pero hay recursos que cuentan en ambas direcciones. El contexto, o mejor dicho, los contextos que determinan nuestra contemplación de una imagen fotográfica abarcan diversas referencias. Más allá del que determine nuestra interioridad con sus connotaciones subjetivas, está el contexto presente, establecido por todo lo que la rodea, incluyendo desde la iluminación y el color de la pared donde cuelga, hasta las otras fotografías que puedan estar integrando una muestra o una publicación y que interactúan fuertemente, por lo que no se puede desconocer el peso de los espacios libres "intericónicos" o la deliberada ausencia de los mismos. Podemos descubrir un contexto sugerido, que nos cuenta acerca de la época, de la sociedad que produjo esa imagen, de ciertas cualidades culturales inaccesibles para otros lenguajes.
la simple representación trascendida por el compromiso del fotógrafo de una sociedad-cultura, que alcanza perfiles antropológicos. Pero también el contexto creado dentro del marco de la imagen con los elementos que la integran es decisivo. Una presencia inesperada puede desencadenar no sólo la sorpresa o el humor, sino determinar una dirección de lectura que refuerza el tema. Los objetos cotidianos que rodean distraídamente un personaje y dan las pautas de su vida, o las escenas callejeras, a veces apenas sugeridas o desenfocadas que nos acercan a las verdades urbanas, son parte de una lectura sabia, esa que intentamos después del primer contacto, siempre el más valioso emocionalmente, para escudriñar la huella de lo real, los datos de la época o de la sociedad, o para averiguar qué fue lo que provocó nuestra primera reacción.
Y aún tenemos otro nivel: la ausencia de contexto. Es la fotografía que niega el contexto hasta sus límites, que elimina deliberadamente las referencias para forzarnos hacia la contemplación en libertad. La imagen que se vuelve abstracción, bloqueando los procesos racionales, y se tensa entre la atracción de lo inexplicable y la fuerza de lo real, inherente a la naturaleza misma de la fotografía.
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Publicación on-line: 23/01/98