LA TECLA 13.jpg (9479 bytes) por Andrés Alsina
"Las letras están todas alli. Sólo hay que ponerlas en orden"   Peloduro


d a n z a  d e  t e x t o  c o n  f o t o

L os fotógrafos son gente rara, muy rara.
Para empezar, se visten siempre informal.
No usan corbata ni para colgar la cámara y andan siempre con ropa de fajina, como si estuvieran en el frente de guerra. Así entran a hacer su trabajo a la entrevista más protocolar posible, y seguro que lo hacen con el oscuro regocijo de sentirse por fuera de todo, mientras el cronista transpira con su traje de segunda y sus zapatos de tercera para estar en pie de igualdad ante el impecable entrevistado.

Los fotógrafos que cubren notas se supone que son reporteros gráficos, porque son periodistas. Pero ellos no defienden su pertenencia a esa gran especialidad y les da lo mismo que los llamen lo uno o lo otro. Aceptan el anonimato porque en el fondo se divierten pensando que el cronista está convencido de ser el único periodista cuando en verdad la imagen llegará antes al público que el texto. Difícil que hayan estudiado semiótica y seguro que no les gusta leer diarios, pero saben cómo los lee la gente.

Una forma aviesa del anonimato que usan los reporteros gráficos es entrar sin saludar al entrevistado y a veces hasta sin siquiera intercambiar una mirada de inteligencia con el cronista. A no equivocarse: podrán tener la actitud anónima del mozo que trae el café pero tienen una prestancia de maitre de Grand Hotel porque se saben protagonistas imprescindibles de la información. Ellos son distintos porque ven la realidad como ningún otro es capaz, y además, con un solo ojo.

Los preconceptos son sólidos: cuando el cronista habla de sensibilidad, el fotógrafo entiende ASA. Hace bien, porque la sensibilidad del cronista es amor a su texto, y mata la foto para no cortarlo. En ese mundo, es inútil que el cronista le sugiera una toma al reportero gráfico, a menos que sea la de un ex presidente corriendo en paños menores entre la multitud.

Es que hay reglas de juego propias de dos mundos que no se tocan: el reportero gráfico no le hace preguntas al entrevistado ni le sugiere temas al cronista, así que la reciprocidad es natural; nadie molesta a nadie en su trabajo y él es simplemente otra clase de periodista, que hace su propia nota.

A veces el reportero gráfico pregunta de qué va la nota, lo cual es un gran avance: eso sugiere que estima posible que su material no sea usado sólo para que el cronista escriba menos y hasta puede indicar que tiene cierta consideración por el texto que salga.

En verdad, al reportero gráfico lo preocupan los mismos problemas que al cronista: no quiere que en su cuadro haya más objetos que los necesarios, de la misma manera que el texto debe centrarse en lo que el cronista estima que es noticia y no en lo que el entrevistado considera importante. Más aún, así como el reportero gráfico no quiere toda la realidad en su imagen, el cronista no quiere toda la realidad en su nota: en la una como en la otra debe haber sólo pero nada menos que un tramo de realidad coherente, representativo, que fluya con la noticia.

Así como en la foto debe haber un balance entre los elementos, el texto debe ser producto de un diálogo balanceado en el que el cronista no debe perder la iniciativa, no debe dejar temas en el tintero y no debe perder los reflejos, porque más vale una repregunta bien metida que cien preguntas pensadas.

El reportero gráfico tiene cierto desdén -no llega en verdad al desprecio- por el trabajo del cronista porque la foto es siempre realidad mientras el texto puede ser apócrifo. Es cierto: es más fácil falsificar un texto con levantes, con agregados efectistas, con el ordenamiento de lo importante que proporcionan recursos gráficos como título, bajada, encastre, copete. Pero las fotos pueden ser parte de la realidad sin ser verdad y es tan difícil hacer una foto como un texto que sean el auténtico e inédito reflejo del hecho; o del personaje, que en definitiva es una forma del hecho.

Es fácil comprobarlo, porque cuando un texto es verdad tiene fuerza, igual que una foto. Un título se hace con pocas palabras y hay que encontrarlas: puede ser tan difícil como captar una expresión que lo diga todo.

A veces hay magia, y el texto y la foto hacen el amor, crean un mundo aparte y hasta se casan. Cada uno muestra lo que le es propio a su lenguaje, y ambas percepciones se superponen dándole relieve a la realidad. Pasa sólo a veces, y aun en esos casos debe superar la comisión de obstáculos que funciona en todas las redacciones para impedir que algo bueno llegue al papel. Como se sabe, el periodismo es una manera premeditada de la frustración.

Con todo, ese acto de magia pasa menos veces de lo posible. Para que suceda hay que suponer un periodismo realmente preocupado por reflejar lo esencial y novedoso de los hechos, o sea, lo que le importaría al señor que paga la publicación si supiera que existe. Hecha esa magia preliminar, lo primero que hay que sacar de la galera es el reconocimiento de que ni texto ni foto pueden hacer tanto por separado como juntos. Lo segundo es que ambos deben saber lo que están buscando o lo que están encontrando: los reporteros gráficos siguen poco las noticias y los cronistas tienen grandes dificultades para tener enfoques propios sobre ellas.

En este orden de magias no hay reglas preestablecidas para llegar al mojo propiamente dicho, así que, tercero, reportero gráfico y cronista deben arreglárselas para entenderse. Lo cuarto es, y habla la experiencia, intuir lo que el otro está captando para no reiterar. En eso el que corre de atrás es el cronista, que puede limpiar el texto, es cierto, pero si el reportero gráfico presta atención al diálogo podrá trabajar mejor. Y si el fotógrafo se digna hacerle un comentario al cronista, éste puede saber lo que el tercer ojo considera importante entre todo lo que percibe, que es algo más que ver y escuchar.

La confluencia del lenguaje fotográfico y escrito abre en verdad posibilidades de expresión muy poco exploradas hasta ahora. Hay textos que se sostienen por sí solos así como hay fotorreportajes que no precisan de texto, como el de Daniel Caselli sobre Peñarol o el de Carlos Contrera sobre Oficios, ambos en 7 fotógrafos x Montevideo. Además, el de Contrera admite un texto que convertiría al trabajo en otra cosa; mejor o peor, pero otra. Ese experimento se puede hacer. Luego está que me hubiera gustado acompañar a Behar en su fotorreportaje La Yerra para hacer lo mío, y los pequeños textos que edité para un lamentablemente inédito fotorreportaje de Magela Ferrero sobre el pan, y los diez meses que di vueltas para encontrarle el texto periodístico a la foto con que me desafió Marcelo Casacuberta, sobre el sentido de Patria, o la foto sacada de apuro por Contrera para una nota hecha que tal vez sabía como venía pero que no había leído, la del pizzero resignado que está en el libro en 7 fotógrafos x Montevideo, y que potenció el texto publicado en El Observador. Esas cosas son lindas, atractivas, reconfortantes.

Pero hay otra puerta para abrir y es salir de cero: ambos periodistas ante un tema que será nota, ambos combinando sus lenguajes, dando por dicho lo que el otro logró para ocuparse del paso siguiente, en la larga marcha para reflejar una percepción común de los hechos. Ese es un camino por recorrer, que promete ser creativo y como no podía ser de otro modo, conflictivo, rudo y duro, porque también es más fácil solo que bien acompañado.

Ese camino significa reconocer algo muy raro: que cada uno de los lenguajes es de por sí completo pero que si confluyen pueden darle un relieve a la nota que de otra manera es imposible de lograr. Es un mundo nuevo, seguramente difícil de descubrir y más aún de habitar, pero que puede ser una alternativa a la verdadera amenaza que enfrentan ambos lenguajes periodísticos, el gráfico y el escrito, ante el avance al parecer imparable de los medios electrónicos y el patético esfuerzo de los medios gráficos por aligerar el mensaje para competir.

Esa competencia desplaza foto y texto para dar lugar a infografías, síntesis, recuadros; todos sustitutos de la comprensión porque impiden la reflexión. Hacer confluir texto y foto puede ser una manera legítima de recuperar espacio porque ambos son la base auténtica de la expresión gráfica: la apuesta es que podrían transmitir ideas, percepciones, hechos, de forma más eficaz, rápida y auténtica que los actuales chirimbolos gráficos que se usan para que lo impreso se lea tan rápido como una noticia en televisión, aunque inevitablemente después.

 


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[fotoClub Uruguayo]


Publicación on-line: 23/01/98